miércoles, 2 de abril de 2008

Las casitas chinas (I)

Ética.


A veces me vienen a la cabeza las casitas chinas edificadas en el papel pintado de mi alcoba cuando era niño. Las miraba antes de dormirme, en la parte baja de la litera. Había otras cosas que mirar en el cuarto. Había un cartel del Real Madrid, del que recuerdo a Pirri, había un lavabo de cuando era aquella la habitación del servicio doméstico, había un calendario de librillo en la pared, sobre la mesilla, había un hermoso árbol tras la ventana al que se abrazaba una larga y retorcida parra, había otra cama a la izquierda, y había un somier sobre mi cabeza, pero yo miraba las casitas chinas. Los juncos, el puentecillo de madera sobre un río apenas esbozado, algunos otros vegetales, y las casitas, con su gracioso tejadillo y sus escaleritas.

La cama de al lado pertenecía al mayor de mis hermanos, que se acostaba tarde, o se iba a la mili, así que pocas veces andaba por allí, y al que ocupaba la litera superior no podía verlo una vez sus pies abandonaban el último peldaño de la escalera; por esto, cuando se callaba o arrojaba su tebeo del Capitán Trueno al suelo, era como si estuviese solo, y al golpear la pera eléctrica la pared, me quedaba con la débil iluminación de la ventana clavado en ese paisaje amable y relajante. De esta forma transcurría un tiempo que para la infancia era dilatado y hogaño resultaría breve, hasta que me metía en sus cristaleras de papel a dormir apaciblemente, sin hacer abstracciones del futuro. No podía ser de otra forma: quien viviera en aquellas casitas había de sentirse feliz, con la luz tamizada por sus vitrinas como capas de cebolla, en una suave danza difusa de cuerpos menudos que caminan de puntillas o se acomodan sobre tarimas; quien se apoyase en los maderos del puente escucharía el leve rumor del agua acompañando a la anulación de la mente para hablarle palabras de paz; quien acariciara el vaivén de los juncales notaría el sosiego haciéndose cuerpo entre sus dedos con el aroma de la brisa y la música de las especies. Tal era la pintura, y tal era la placidez del sueño de los niños.

La vida no participaba de esa placidez. Mi padre llevaba poco tiempo enterrado y el negocio familiar empezaba a quebrar, mi madre tenía seis bocas y un perro, y el nuestro no era ese hogar casi antípoda que respiraba serenidad. Sin embargo allí estaban las casitas chinas velando el descanso, otorgándolo como una dádiva, y desde entonces han quedado en la memoria para, ahora que no hay papel sobre las paredes, matizar la realidad con su óptica amable del tiempo.

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